Entreteniendo a los bárbaros

14/Mar/2014

El País Cultural, Álvaro Ojeda

Entreteniendo a los bárbaros

DIVERSIÓN NAZI Y EXTERMINIO JUDÍO»Recursos inhumanos», un libro sobre los guardianes en los campos de concentración
Alvaro Ojeda
El poeta rumano de ascendencia judeo-alemana Paul Celan (1920-1970) nació en Czernowitz, una población de Bukovina que luego de la Primera Guerra Mundial había dejado de pertenecer al vencido Imperio Austro-Húngaro. Bukovina era un mosaico de alemanes, polacos, rumanos, ucranianos y húngaros, que la diplomacia de los ganadores adocenó sin concierto ni consideración. Cuando en 1941 los nazis invadieron la URSS, Celan fue recluido en un campo de trabajos forzados en donde permaneció bajo el imperio de las SS hasta 1945, año en que volvió a su pueblo. Se trasladó luego a Bucarest trabajando como traductor y editor. Instaurado el comunismo en Rumania decidió huir a Viena y allí, en 1947, en la revista El contemporáneo, publica la primera versión de Todesfuge (Fuga de la muerte), el poema más impresionante jamás escrito sobre el Holocausto. Esta primera versión poseía un sugestivo título en rumano: Tangoul mortii (Tango de la muerte). La causa del título la explicó el propio Celan. Mientras trabajaba hasta la extenuación, los guardias que lo custodiaban cantaban tangos, uno de los géneros musicales permitidos por la jefatura de la SS para esparcimiento de sus tropas.
FUENTES.
En la excelente introducción al horrendo y deslumbrante libro Recursos inhumanos, su autor, el historiador francés Fabrice d`Almeida (1963), ratifica el recuerdo que obsesionó a Celan hasta el día de su suicidio: los guardias que hablaban su misma lengua, el alemán, cumplían sus funciones en un ambiente de notable serenidad burocrática. Esta camaradería de operarios de la muerte en desquiciada convivencia con sus víctimas, resultó resignificada por la descatalogación de los archivos de la KGB en 2006. Para su quincuagésimo cumpleaños en agosto de 1937, los subalternos del comandante del campo de concentración de Sachsenhausen, Karl Otto Koch, le obsequiaron dos álbumes de fotos, tomadas por los mismos fotógrafos que fichaban a los internados, mostrando junto a los prisioneros maltratados o muertos, la vida privada del comandante homenajeado: juegos con su perra y con sus hijos, en asombroso paisaje infernal. Estos álbumes desataron una especie de temporada de caza de reliquias íntimas. Un ex soldado estadounidense vendió al Museo del Holocausto en Washington, un documento similar al antes descrito que, luego de sometido a todo tipo de peritajes, fue atribuido a Karl Hocker, un oficial SS. Este souvenir mostraba más de lo mismo: la normal convivencia con el horror provocado. Si a esta revelación icónica se le suma la puntillosa anotación de los elementos materiales de recreo consignados por los archivos de la SS -libros, juegos de mesa, burdeles, discos, funciones de teatro, orquestas de prisioneros, proyectores de cine- que permitían a los guardianes custodiar y ejecutar a sus rebaños de judíos, la vorágine de horror cambia de rumbo. Se racionaliza, incluso se torna asunto contemporáneo en la dudosa expresión conocida como gestión de recursos humanos.
Más allá o más acá de la lapidaria y recurrida sentencia de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal, los álbumes y los registros de entretenimientos permiten a d`Almeida concatenar otras consideraciones. El Reichsführer de la SS Heinrich Himmler, descubre la necesidad de una nueva gestión de sus asesinos en un viaje a Bielorrusia en agosto de 1941. Abrumados por las inmensas juderías capturadas en dos años de guerra, y antes de que la Solución Final o quizá junto a ella, hay que divertir a los «pastores del ser», reubicando la expresión del filósofo convertido al nazismo, Martin Heidegger, en la explanada de Auschwitz repleta de perros ovejeros azuzando seres humanos. Todo suma al pastiche nazi.
En otras palabras, Himmler, el ex gerente de granjas para la crianza de pollos, sabe que sus guardianes son, antes que nada, ejecutores, y que esa función debe prevalecer a la posible demencia, al cansancio apático, incluso a la irascibilidad. Himmler necesita héroes sacrificados, no carniceros. Acaso habla de guardianes a la manera platónica o jesuita -su padre era profesor de filosofía- de una república o de un dogma, aunque también necesite de modistos como Hugo Boss para producir un efecto mediático con sus hombres vestidos de negro. Por eso en el credo SS, en su tercer inciso, se prohíbe el maltrato a los prisioneros -léase el maltrato estéril sin finalidad de exterminio- al igual que la corrupción económica o el contacto carnal con mujeres de razas inferiores. La norma, de todos modos, depende de la voluntad de Hitler. Ese es el cuarto inciso.
DISCÍPULOS.
La lectura de Recursos inhumanos resulta aterradora, concisa. Cifras que encubren conductas comunes. Los tribunales que juzgaron las aberraciones nazis aplicando conceptos de culpabilidad individual probada y cierta, no comprendieron del todo, la magnitud del desastre, la gestión aséptica e intencionada del universo concentracionario. Hay casos de morbosa sevicia, como una monja católica -su nombre religioso era Pía-, amiga personal de Hitler, a la que temían los SS más pesados. Hay bestias corruptas y cobardes como Rudolf Höss, comandante de Auschwitz.
Sí, todo eso está en el libro, narrado con objetividad y probado hasta el hartazgo en notas morosas, prolijas. Sin embargo, lo más inquietante estriba en el carácter de elite apolítica de los guardianes nazis -no fueron una horda de freaks descontrolados- y en cierto grado de utilidad contemporánea de sus prácticas gerenciales.
Señala d`Almeida: «En otra época, los historiadores tendían a extraer lecciones del pasado; rastreaban los fondos de los archivos y extraían pepitas de oro, tesoros preciosos para responder a las cuestiones políticas que se planteaban permanentemente en toda sociedad. Algunas veces, ante la necesidad de contar con una demostración ideológica, distorsionaban las interpretaciones, dispuestos a recomponer artificialmente cadenas de acontecimientos, con mucha erudición pero poca coherencia. En la actualidad, según se dice, las ideologías han desaparecido, si dejamos de lado el incremento del poder de la ecología y del islamismo, al que se atribuyen, curiosamente, todos los males, como si nuestras pasiones consumistas y nuestras obsesiones individualistas no derivaran de una ideología que, tras haberse impuesto de un modo evidente, está más arraigada que nunca. Igualmente los empleados de la administración de las SS registraban de un modo puntilloso hasta los más pequeños detalles de las actividades de las tropas destinadas a la vigilancia de los campos, hasta el punto de guardar los restos de todos los encargos de bienes y servicios de los que se ha ocupado este libro.»
Esa minucia didáctico-ideológica, sigue envolviendo la acción de todos los guardianes omnipresentes en la historia de la humanidad: desde los soldados ingleses en los campos de prisioneros durante la guerra de los bóers a fines del siglo XIX, hasta los marines en Guantánamo. En cuanto a la gestión de empresas, la herencia nazi es manifiesta. Escribe d`Almeida: «Reinhardt Höhm es un buen ejemplo de estos puntos de contacto entre el mundo nazi y las políticas de gestión de la posguerra. Este jurista, que había ingresado en el NSDAP -el partido nazi- y en la SS en 1933, escribió en 1945 una obra sobre la dirección de empresas basadas en la jerarquización de las tareas y de la participación en los objetivos.» Fue un hombre clave en la República Federal de Alemania. La mesa siempre está servida.
RECURSOS INHUMANOS. Guardianes de los campos de concentración 1933-1945, de Fabrice d`Almeida. Alianza, 2013. Madrid, 296 págs.